La nacionalidad de un piloto que compite en distintos circuitos del mundo siempre ha sido el más maravilloso factor de pertenencia que el mismo puede poseer. Defender los colores de su bandera y escuchar el himno del país de origen, si es que se logra ganar un Gran Premio, pueden resultar momentos únicos. Pero bajo las normativas de frías reglamentaciones y de una política que progresivamente fue deteriorando el romanticismo, las cosas cambiaron con el tiempo. Desde comienzos de la década del ’90, la FIA ya no registra como país de referencia al lugar natal del participante, sino al que le extiende la licencia de competición. Seguramente, por estos días el más acabado ejemplo es el de Max Verstappen, que representa a Países Bajos pese a que vio la luz hace 28 años en la ciudad de Hasselt, capital de Limburgo, en Bélgica.
Esta introducción nos remite a la llegada de Bertrand Jean Louis Gachot a la máxima categoría. El competidor nacido en 1962 en Luxemburgo consiguió una butaca en el modestísimo equipo Onyx para encarar la temporada de 1989, aunque recién en el séptimo intento logró superar la preclasificación y así largar el Gran Premio de Francia, donde concluyó 13°. Ese año apenas pudo participar en cinco carreras sobre 14 y peor aún le fue al año siguiente, cuando no pudo ni una vez tomar parte de una competencia, ya que en las 16 escalas se fue sin que su endeble Coloni pudiera pasar el corte para llegar a una grilla. Desilusionado, el joven que competía con licencia francesa, estuvo a punto de dejar la Fórmula 1, pero en 1991, Eddie Jordan lo rescató para su escuadra. Fue entonces cuando dudó entre si seguir compitiendo bajo la insignia francesa, o inclinarse por sus raíces paternas, establecidas en Bélgica, o lo más complicado, buscar representar a su Luxemburgo natal. Finalmente, como quien le expedía el permiso era un país miembro de la Unión Europea, optó por no traicionar a nadie e inscribirse bajo la designación de la Comunidad Europea y hasta coloreó esa bandera en su casco.
Ahora bien, de haber ganado Gachot un Gran Premio… ¿qué himno hubiera sonado a la hora de la premiación? La lógica indicaba que debía reproducirse La Marsellesa, pero en la nómina de inscriptos, más allá de la superlicencia de origen galo, él figuraba como “CE/UE” (Comunidad Europea/Unión Europea). Un apartado del reglamento sostiene hasta hoy que en tal caso la canción patria debe reemplazarse por la Oda a la Alegría, de Ludwig van Beethoven, que oficia las veces de himno europeo, pero quizá no todos conocían entonces ese ítem del protocolo. Investigaciones posteriores descubrieron que la última entidad que extendió la licencia de Gachot -quien abandonó definitivamente la F1 en 1995 tras un pobrísimo año sobre un débil Pacific- era la belga y de ahí, probablemente, hayan surgido sus dudas representativas. Al cabo de unos años, todas sus actuaciones quedaron en la estadística de la FIA como si siempre hubiera representado a Francia. No era mucho, a decir verdad: apenas 5 puntos y un récord de vuelta (Hungría ’91) sobre 47 Grandes Premios. Lo que no dirá esa estadística es que, alguna vez, si Bertrand Gachot ganaba una carrera, iba a corporizar la mágica tarea de traer a Beethoven a un podio de la Fórmula 1…






Un comentario
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