Aitken y 155 más: la única vez, a cara o cruz (Parte 2)

Las historias de los pilotos que corrieron un solo Gran Premio en toda su vida engloban momentos de sorpresa, tensión, alegría y conformismo o frustración. Por tal motivo, merecen ser conocidos más allá de que el protagonista en cuestión no figure en muchos libros de la categoría. Aquí va, entonces, otro puñado de sucesos impensados.

Siguiendo con el repaso de la larga nómina de conductores que debutaron y se despidieron de la Fórmula 1 en la misma carrera, no podemos dejar de lado a los argentinos. Y aunque no muchos los recuerden, fueron siete los pilotos de nuestro país que integran esta lista de 156 intrépidos. El primero que corrió solamente un Gran Premio fue nada menos que uno de los máximos ídolos de nuestro automovilismo pero que centró casi exclusivamente su actividad en el país: Oscar Alfredo Gálvez. El célebre “Aguilucho” disputó la carrera realizada en la Argentina por la primera fecha del Mundial de 1953 y, en el autódromo que años más tarde llevaría su nombre, llegó 5° con una Maserati A6GCM. Con ello demostró que su calidad de piloto estaba a la altura de los europeos, a los que ya había batido en un circuito palermitano sobre un Alfa Romeo cuatro años antes. Con la suma de esos dos puntos, Gálvez quedó en los registros como uno de los dos únicos competidores en la historia que se llevó unidades en el único día que corrió en la Fórmula 1. El otro es el italiano Dorino Serafini, que fue 2° en Monza ’50, aunque ese logro lo obtuvo compartiendo una Ferrari con Alberto Ascari.

Ese mismo fin de semana, Adolfo Schwelm-Cruz corrió con un Cooper T20 del equipo Cooper Car Company, y tras partir 13°, perdió la rueda delantera izquierda en el giro 21 y se despistó, aunque con gran pericia evitó atropellar al numeroso público que rodeaba de forma inconsciente el circuito. Dos años después, también en Buenos Aires, fue el turno del pergaminense Jesús Iglesias, quien a bordo de un Gordini, participó en aquella carrera de agobiante calor ganada por Juan Manuel Fangio y él abandonó por problemas en la transmisión. Cronológicamente, los tres corredores “criollos” que siguen en esta saga, aprovecharon una nueva visita de la máxima categoría al trazado porteño, en 1960. Allí hicieron su debut, quizá pensando en comenzar un periplo de exigencias internacionales pero que no pasó de ese 7 de febrero. Aunque no estuvieron a la altura de la exigencia por contar con máquinas que estuvieron muy lejos de un rendimiento aceptable, los tres vieron la bandera de cuadros. Alberto Rodríguez Larreta (Lotus-Climax), quien fuera campeón de Turismo y se caracterizara por manejar infinidad de máquinas de todo tipo en su campaña, concluyó 9°. Roberto Bonomi (Cooper-Maserati), un hombre que comenzó tarde su carrera deportiva y que gustaba de conducir  coches de alta gama, terminó 11°, justo por delante del Porsche de Masten Gregory, a cuatro giros del ganador Bruce McLaren. Finalmente, el tucumano Nasif Estéfano, talentoso como pocos, fue 14° a los mandos de una Maserati que nunca estuvo a la altura de su conductor y pese a los innumerables problemas que presentó, el talento del “Califa chico” la hizo finalizar el GP.

La nómina de los argentinos que corrieron solamente un Gran Premio puntuable en la máxima categoría la cierra Miguel Ángel Guerra, con una extraña particularidad: fue el único de los siete nombres de este “racconto” que recibió su “bautismo” mundialista fuera de su nación. Lo hizo en San Marino, en 1981 y, tal como lo recordáramos en una nota anterior, quedó también integrado al puñado de competidores que no alcanzó a completar ni una sola vuelta en la máxima categoría. En el caso de “Angelito”, mucho tuvo que ver la imprudencia del chileno Eliseo Salazar (March), quien tocó de atrás al Osella del argentino en la lluvia y lo sacó de competencia a los pocos metros de la largada. Lesionado en una pierna, no hubo para el múltiple campeón de monopostos nacionales una segunda oportunidad y regresó a la Argentina para seguir deslumbrando, pero ahora en autos con techo.

Aitken y 155 más: la única vez, a cara o cruz (Parte 1)

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