Podría figurar en los libros como el deportista con el nombre más largo de la historia debido a su ascendencia y elevada alcurnia. Pero Alfonso Antonio Vicente Eduardo Ángel Blas Francisco de Borja Cabeza de Vaca y Leighton Carvajal y Are, Undécimo Marqués de Portago, Conde de Mejorada, Marqués de Moratalla y Grande de España, fue mucho más que esa interminable denominación de realeza imposible de memorizar hasta por él mismo. Para el mundo fue simplemente el “Marqués de Portago”, alguien que, entre tantas de sus virtudes, tenía también la de ser un buen piloto de automóviles.
Por hacer solamente una caprichosa comparación de vida, fueron muchas las cosas que De Portago compartió con nuestro inefable Carlos Menditeguy, el “sportman” y “playboy” argentino por excelencia. Nacido en 1928 en Londres pero nacionalizado español, era afecto a numerosos deportes y sabía cómo destacarse en la mayoría de ellos. No le eran indiferente ni la esgrima ni el polo, ya que además le gustaba criar caballos, amén de ser un excepcional nadador que competía con cierta relevancia en su continente. Y claro, además estaban los amoríos propios de los hombres de alcurnia y cultores de la noche. En el camino del Marqués se cruzaron las modelos Carroll McDaniel (con la que contrajo enlace) y Dorian Leigh, y posteriormente la actriz Lynda Christian, entre las figuras más destacadas de una lista de romances más larga que su nombre. Y al igual que el recordado “Charlie”, también cultivó con pasión el automovilismo, ese germen que lo hizo correr en todo tipo de autos, los que -como se supondrá- nunca tuvo problema alguno para conseguirlos en cantidad.
De Portago, un enamorado de Ferrari, llegó a la Fórmula 1 en 1956 y con el modelo D50 de la casa italiana, fue segundo ya en su segunda carrera, el GP de Gran Bretaña, escoltando nada menos que a Juan Manuel Fangio. Aunque contaba con 28 años, tenía por delante un promisorio futuro de buenos resultados (el propio Fangio tenía 45) en la máxima categoría, pero a decir verdad, no estaba tan interesado en hacer historia en la F1 y aceptaba cualquier desafío del vértigo. En mayo de 1957 estaba tomando parte de la Mile Miglia junto a su compañero Edmund Nelson sobre una Ferrari Spyder y se permitió un respiro a la altura de Goito para saludar a su novia Lynda, quien le dio un beso ante el oportunismo de un fotógrafo que capturó el hermoso momento. Nadie imaginaba entonces que unos kilómetros más adelante, en Guidizzolo, cerca de Brescia, el auto se estrellaría a más de 280 km/h, causando la muerte de piloto, copiloto y nueve espectadores. La tragedia, que marcó el final para siempre de la mítica prueba italiana, dejó además una marca macabra en la vida de la mexicana Lynda. “Tuve una extraña sensación premonitoria. Hacía frío. Besé a Alfonso y miré a (Edmund) Nelson, que estaba sentado detrás de él. Parecía una momia, gris, como hipnotizado, sin vida. Tenía los ojos de alguien que ha sufrido un shock enorme”, dijo, sin saber que con el tiempo, esa dulce imagen de dos enamorados, potenciada por la revista Life, que la tituló “Il bacio della morte” (“El beso de la muerte”), sería una postal icónica de los últimos minutos de vida del Marqués de nombre interminable y de su copiloto. De autor anónimo, el original de la fotografía se conserva hoy en el archivo Bettmann, una sala subterránea de Iron Mountain ubicada en una cantera a 67 metros de profundidad, en Pensilvania.





