Allá por los dorados años cincuenta, llegar a la Fórmula 1 a una edad madura no sólo no era un impedimento, sino que resultaba algo habitual. De sólo pensar que Juan Manuel Fangio arribó a Europa con casi 40 años y logró cinco títulos, registra a las claras los vestigios de un tiempo bien diferente. El advenimiento de competidores cada vez más jóvenes fue dejando de lado aquella costumbre. Promediando los 2000 ya se miraba como demasiado “veterano” a un competidor de, digamos, 36 años. Sin embargo, no lo veía del todo así un exitoso empresario israelí nacido en Tel Aviv en 1963, que justamente en el arranque del nuevo milenio, con 37 años, presenció por primera vez una carrera de autos en Hungría y decidió que quería ser piloto y de ser, posible, llegar a la Fórmula 1. “Cuando vuelvas a casa, tómate la pastilla y verás como se te pasa”, recuerda que le dijo socarronamente un amigo ese día. No era descabellada la sugerencia: nuestro personaje, hasta ese momento, ni quiera se había subido alguna vez a un karting.
Pero Nissany hablaba en serio. Su condición social le permitió rápidamente hacerse de varios contactos y anunciantes y al año -ya mudado a Budapest- estaba compitiendo en categorías de monopostos. Su nombre se hizo mucho más popular en el ambiente en 2003, cuando ganó el título de la Fórmula 2000. De allí saltó a la Fórmula 3000 moviendo “cielo y tierra” para conseguir la superlicencia, y aunque no pudo destacarse, logró el cometido. Lo siguiente fue juntar cifras varias veces millonarias de dinero y buscar la butaca soñada. Así llegó a Faenza, donde Paul Stoddart no pudo resistirse a recibir una buena montaña de dólares y lo nombró tercer piloto de Minardi, junto a Christijan Albers y Robert Doornbos, para la temporada 2005 de la máxima categoría. Como el reglamento de entonces establecía que durante las prácticas de los viernes previos a un GP, cada escuadra podía sumar a un tercer coche para el primer ensayo oficial, Nissany vivió su día de gloria el 29 de julio, cuando fue designado para girar en vísperas del Gran Premio de Hungría. Tenía entonces 42 años.
En Israel, donde las competencias automovilísticas son una disciplina inexistente, hubo una enorme conmoción. Todos querían saber de qué se trataba esto de tener, aunque brevemente, un representante en la esfera más grande del deporte motor. El bueno de Chanoch hizo lo que pudo. Giró a 14 segundos del más veloz de la tanda, el Toyota del brasileño Ricardo Zonta, también tercer piloto de su “team” por ese entonces, pero increíblemente también quedó muy lejos (9 segundos) del penúltimo, el Jordan del danés Nicolas Kiesa. En cuanto decidió acortar esa diferencia, aceleró de más y su coche terminó encajado en la leca y tuvieron que retirarlo con una grúa. Lo hicieron después de avisarle a Nissany que debía descender del mismo, ya que, desbordado en su entusiasmo, quería continuar girando aunque el Minardi estaba inerte y cuanto más lo aceleraba, más se hundía en el lugar. Allí acabó su aventura.
Para cualquier piloto, quedar a 9 segundos del anteúltimo en una sesión de prácticas, hubiera sido una gran decepción. Pero Chanoch guarda en la memoria muchos maravillosos instantes de aquel día. “Mi corazón estallaba de emoción mientras conducía esa máquina. Sólo me entristeció la salida de pista que hizo que todo terminara más temprano de lo previsto, pero ya le había demostrado al mundo que nunca es tarde para cumplir un sueño. El mío era llegar a la Fórmula 1 y lo conseguí. Saber que en una Nación de seis millones y medio de habitantes, cinco me hayan seguido por televisión, es algo que valoraré toda mi vida”, explicó años después. Entiende, ante todo, que su misión se cumplió: había demostrado hasta dónde la perseverancia puede transportar a una persona más allá de los resultados. Hoy, repite los recuerdos de esa experiencia a quien desee escucharlo, mientras apuntala la carrera de su hijo Roy, quien actualmente compite en la European Le Mans Series.





