MONTJUICH ERA MÁS ATRACTIVO PERO MÁS RIESGOSO

Desafectado tras la tragedia en 1975, este circuito catalán mueve el recuerdo de su pintoresca imagen, pero también de su alto riesgo con relación al vigente autódromo de Montmeló.

Nada que ver este seguro, pero anodino, circuito de Montmeló con aquel atractivo, pintoresco y riesgoso trazado de Montjuich. Por esa contraposición sobresalen en el historial, estos dos escenarios catalanes que en él, en algún momento, cobijaron al Gran Premio de España. Un privilegio que este año perdió Montmeló, paradójicamente, ante otro trazado urbano como el de Madrid. Por ahora, conserva la carrera, pero con la denominación de Gran Premio de Barcelona y en forma alternativa cada dos años.

Bastante se habló y se transita Montmeló; mucho menos de Montjuich, un trazado tipo parque-callejero nacido en las primeras décadas del siglo XX, cuando el automovilismo empezaba a ganar lugar en Europa y los autódromos no abundaban. Estaba ubicado en la parte alta del monte Montjuich, que obra como centinela de la ciudad de Barcelona. No llegaba a los 4.000 metros (3.791), pero su recorrido mostraba distintos niveles y combinaba tramos lentos con otros muy rápidos para este tipo de circuitos. Todo encajonado por guardarails, que obran como protecciones de los árboles que rodeaban buena parte del circuito. Los sectores más despejados mostraban sitios icónicos como la Fuente Mágica, la iglesia y el Museo Nacional del Arte, que contribuían a darle una pintoresca imagen a la zona baja. En la parte alta estaban instalados los boxes, el sector de largada, el paddock y la tribuna principal. Actualmente, en ese lugar se encuentra el Estadio Olímpico construido para los Juegos Olímpicos de 1992.

“Era un circuito bravo e intimidante”, lo definía Carlos Alberto Reutemann, quien debió encararlo en su segunda carrera en la Fórmula 2 en 1970, y ahí sumó su primer punto en la categoría. Tres años más tarde estuvo cerca de debutar como ganador en la Fórmula 1, cuando falló la transmisión de su Brabham BT 42, que ya se disponía a superar al líder y ganador Emerson Fittipaldi.

Por entonces, y pese a sus limitaciones, Montjuich ya estaba instalado en el calendario para alternar cada dos años con  el Jarama español, un autódromo de verdad, sede inicial en 1968 de la recuperación del Gran Premio. Lo duro y riesgoso del circuito se comprobó en la edición inicial en 1969, época de los ampulosos alerones. Una edición caótica, con varios accidentes, entre ellos los de los Lotus del campeón Graham Hill y Jochen Rindt, con sus golpes contra el guardarail. No pasaron de sustos con heridas menores. Otro símbolo de la dureza de la carrera fue ver llegará sólo cuatro autos más que el vencedor Jackie Stewart, de los 15 que largaron. Si, 15 autos en una grilla de Fórmula 1. Un dato que marca una de las época de más bajo interés de la Fórmula 1. Duró poco, hasta que la llegada de Bernie Eccleston a revitalizó e impulsó su expansión.

Fueron relativamente “normales” las carreras en 1971 y 1973. Montjuich era un trazado estrecho y difícil para superar, pero por sus especiales características entregaba alternativas cambiantes en carrera. Por eso, nunca en sus cuatro ediciones ganó el poleman, algo que es frecuente en Montmeló, un trazado que sólo tiene como lugar propicio para las superaciones la extensa recta principal (1.046 metros), donde los autos llegan a los 350 Km/h.

La tragedia esperó pacientemente la pausa de la tranquilidad y descargó todas sus fuerzas el 27 de abril de 1975. Desde los entrenamientos, las cosas arrancaron mal, con los cuestionamientos a la solidez de los guardarails. El por entonces campeón Emerson Fittipaldi lideró un movimiento para cancelar la carrera. No tuvo eco ante sus colegas, que, presionados por sus equipos, optaron por correr. Emerson dio una vuelta inicial lenta, abandonó por decisión propia y se fue del circuito. Una actitud que tuvo su alto costo deportivo personal, ya que desde entonces nunca más tuvo un auto competitivo.

La carrera fue un verdadero caos desde en la vuelta inicial. En la primera curva se engancharon las Ferrari de Lauda y Regazzoni. Abrieron la lista de incidentes. Lo peor llegó en la vuelta 29. El Surtees de Rolf Stommelen perdió el alerón trasero y salió proyectado por sobre las débiles defensas de los guardarails. El saldo fueron 5 muertos y heridas para el piloto alemán. La consecuencia: la inmediata suspensión del Gran Premio, cuyo anticipada conclusión le dio el primer y único triunfo a Jochen Mass y un sexto lugar a la italiana Lella Lombardi, convirtiéndola en la única mujer en sumar puntos en el Mundial. Sumó medio punto porque, por su menor extensión, la carrera entregó la mitad de su puntaje habitual.

Este accidente marcó la despedida de Montjuich de la Fórmula 1. Para terminar con las carreras de motos, especialmente las 24 Horas de Barcelona, hubo que esperar otras tragedias.

Como suele ocurrir, la última imagen es la que perdura en el recuerdo. Y la última imagen de la Fórmula 1 en Montjuich está asociada con la tragedia. Esto no tiene que impedir el reconocimiento de haber sido uno de los circuitos más atractivos y pintorescos que transitó el Mundial de Fórmula 1. Eso era Montjuich: el fruto de una época especial de la Máxima. Aquella donde el riesgo era un importante ingrediente en las carreras. Poco que ver con esta actualidad que, como pocos refleja Montmeló.

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