México, circuito Hermanos Rodríguez, primero de noviembre, después de 73 años.
Italia ha vuelto a tener un Campeón del Mundo de F1. Si, han sido muchísimos años. Un país, Italia, cuna de legendarias marcas automovilísticas y excelentes pilotos, muchos de los cuales y por diversas circunstancias, no pudieron llegar a campeonar a pesar de sus grandes cualidades: Musso, Castellotti, Patrese, Alboreto. Sin embargo, esta sequía ha finalizado. Un joven de apenas 20 años se ha proclamado, brillantemente, campeón, siguiendo la estela de Nino Farina, campeón en 1950, y Alberto Ascari, vencedor en 1952 y 1953.
No sin sorpresa, después de un 2025 con altos y bajos en su rendimiento, Andrea Kimi Antonelli se ha confirmado como un merecido ganador. Su adaptación a las singularidades del nuevo reglamento ha sido espectacular. La capacidad de gestionar la energía eléctrica de las nuevas unidades de potencia, dosificando la gestión con la agresividad y capacidad de pilotaje, ha sido clave en el éxito del joven boloñés.
Este es un título que va un poco más allá de la máquina. Son sus propias dotes las que han permitido quemar etapas, hasta lograr el título. Son el fruto de sus cualidades, técnicas y mentales.
Es cierto que, a la vigilia del campeonato, casi nadie hubiera pronosticado este final, principalmente después de un 2025 muy irregular, pero esta nueva generación de autos se ha revelado perfecta para su estilo de pilotaje. Antonelli trabajó duro durante el invierno para adaptar su estilo a esta compleja unidad de potencia. Su adaptación fue muy rápida, y más si la comparamos con algunos, por no decir la mayoría de sus rivales. Antonelli ha sido el mejor intérprete de esta nueva sinfonía técnica.
Kimi saltó de la F3 a la F2 disputando una sola temporada en dicha categoría. Por cierto, una temporada en la que pasó un tanto desapercibido, quizá no secundado correctamente por su equipo, el Prema, que mostraba unos ciertos síntomas de estancamiento después de que hubiera sido uno de los equipos más laureados de la categoría. Inmediatamente debutó en F1 con Mercedes, gracias también por el hecho de que su protector, Toto Wolff, no dudó en darle la oportunidad después de la marcha de Hamilton a Ferrari. Y Kimi no ha decepcionado a Toto. El italiano ha demostrado aprender, con humildad, de sus errores sin perder nunca la confianza en sí mismo.
La confirmación es la serenidad que transmite con esta sonrisa permanente en su rostro, tanto pierda como gane. Esta sonrisa que ha enamorado a todo el paddock, a sus rivales, a sus fans y a los aficionados de todo el mundo. Con esta serenidad que demuestra fuera y dentro de la pista. Una serenidad que le permite pilotar como un veterano, ser agresivo y, a la vez, dominar la gestión del medio que pilota, acariciar los neumáticos de su auto, siendo un maestro en la gestión del desgaste de los mismos. Y todo hay que decirlo, un auto que ha regresado a los tiempos felices de los mundiales de Hamilton.
Sin duda, el Mercedes ha sido el auto que mejor se ha adaptado al nuevo reglamento. Pero la simbiosis entre el W17 y Kimi ha sido perfecta. Russell, en este momento, con el mismo auto, no es candidato al subcampeonato; lo tendrá que luchar con Verstappen y Hamilton en las últimas carreras.
Kimi ha traído aire fresco a una F1 demasiado estereotipada. Su sonrisa es un aire de viento fresco; su humildad, su cercanía, su familiaridad. Pero no nos engañemos: escondido detrás de su sonrisa y su cara de niño, se esconde un depredador, un campeón. Kimi gracias y no cambies nunca.





