La llegada de un hijo cambia la vida de las personas. No existe un modelo común para definir la situación, pero es innegable que ocurre. Los pilotos de Fórmula 1 no están exentos, simplemente porque son seres humanos.
Ya en la década del 50, el tema daba que hablar y, desde ese tiempo, quedó grabada la famosa sentencia Enzo Ferrari, afirmando que “por cada hijo que nace, un piloto pierde un segundo por vuelta”. Dura, pero menos dramática, era la advertencia que Alberto Ascari le realizaba a su hijo al aconsejarle que “no tienen que acostumbrarse a mi presencia porque un día quizás no vuelva a casa”, como reflejo de una época donde los accidentes mortales eran comunes. Ese día fue el 26 de mayo de 1955, fecha del accidente mortal de Ascari en Monza, durante unas pruebas extraoficiales sobre un auto Sport.
Por suerte, los tiempos cambiaron y las visiones de los pilotos desde su lugar de padres ya no son tan dramáticas. Ejemplo cercano es nada menos que Max Verstappen, quien, a partir de su paternidad, ha cambiado sus hábitos personales, pero sin perder velocidad y motivación sobre el Red Bull, como lo demuestran sus recientes victorias en Malasia y Singapur.
“Quiero ver crecer a mi hija Lily y por eso me gusta pasar el mayor tiempo posible junto a ella”, dice Max, quien, a partir de este deseo, ha cambiado los planes en los fines de semana de carrera. Para eso, llega a los circuitos poco antes del comienzo de las actividades promocionales y regresa los domingos por la noche, favorecido por sus desplazamientos en su avión particular.
“Mi hija ya empieza a darse cuenta cuando me voy de casa y por eso trato de salir sin que lo note”, reconoce Max en un detalle que marca claramente donde están sus prioridades personales en estos momentos. Prioridades que lejos están de pasar, como hasta hace unos años, por su presencia en los paddock de los circuitos. Por el contrario, con su nueva realidad, el neerlandés no tiene una buena opinión de lo que son actualmente esos sectores tan concurridos de los autódromos.
«El paddock de la Fórmula 1 moderna cambió drásticamente en la última década y se ha convertido en una especie de zoológico, donde las exigencias que rodean a un piloto de élite dejan cada vez menos lugar para una conversación normal y la privacidad”, objeta Max.
“En los autódromos, vivo exclusivamente en mi pequeña habitación del box, el garaje y el pit lane”, agrega antes de plantear que “entiendo que muchos invitados esperan hablar conmigo y que tienen buenas intenciones, pero también necesito paz y tranquilidad”.
Max sabe ahora que es papá, que esa paz y tranquilidad la encontrará en su hogar y con su hija. Por eso la mira con más prioridad, que su presencia en los paddock. Una actitud que seguramente condiciona hasta donde llega su futuro en la Fórmula 1.





