Quien más quien menos, alguna vez pensó o fantasea con vivir en Mónaco. Por el contrario, a nadie se le pasa por la cabeza morir en Mónaco. Ni siquiera a los pilotos de Fórmula 1 que, año tras año, disfrutan de la carrera más glamorosa del calendario sin pensar en los riesgos de correr con sus veloces autos en las estrechas calles del Principado.
El paso del tiempo, con el notable avance de las medidas de seguridad, tanto para pilotos, de autos y circuitos, ha atenuado esos temores que, con otras circunstancias, eran comunes en las décadas iniciales del Campeonato Mundial.
Por todo esto, cada vez va quedando más lejano en el tiempo el único recuerdo trágico que, entre los pilotos, muestra el historial del Gran Premio de Mónaco en sus ediciones mundialistas iniciado en 1950. Hay que encontrarlo casi seis décadas atrás, exactamente el 7 de mayo de 1967, con el terrible accidente, que le costó la vida a Lorenzo Bandini, por entonces considerado la principal esperanza de los italianos por volver a tener un compatriota campeón, y sobre una Ferrari.
Nacido en Libia el 21 de diciembre de 1935, pero radicado en Italia desde los 4 años, Bandini tenía una particular visión sobre los riesgos que afrontaba en cada carrera. «Cuando te llega el momento de la muerte, ese día no tienes nada que hacer», solía repetir. Ese día, la indeseada parca lo tenía agendado a Bandini para el 7 de mayo de 1967.
Nada que hacer tuvo Bandin cuando, en la vuelta 82 de las 100 programadas y en pleno intento de alcanzar al Brabham-Repco del líder Denny Hulme en busca de su segundo triunfo en el Mundial (había ganado en Austria 1964), su Ferrari tocó el borde interno al transitar la chicana del Puerto. Su descontrol lo llevó a golpear contra un amarradero de yates tapado por fardos de pasto para, enseguida, dar un par de vueltas en el aire, perder una rueda y caer en posición invertida, al tiempo que la rotura del tanque de combustible producía su derrame en la pista y, acto seguido se desataba en un voraz incendio. 
Cuesta entender, con los actuales parámetros de seguridad, que los rescatistas tardaron cuatro minutos en llegar a la Ferrari envuelta en llamas y unos minutos más en sofocar el incendio y extraer a un Bandini, inconsciente en el habitáculo. Vale señalar que, por entonces, no estaban implementados los trajes antiflamas para los integrantes de los servicios de seguridad.
Como era habitual en la época, la carrera continuó su desarrollo, con los autos pasando al lado de los restos de Ferrari. Así, Hulme recibió de los príncipes su primer trofeo como ganador de Grandes Premios, al tiempo que Bandin ingresaba al Hospital Grace con quemaduras de tercer grado en el 90% de su cuerpo.
«Un milagro». Así estimaron ante Margherita, la esposa de Bandini, que esperaba su primer hijo para octubre, sobre la posibilidad de recuperación del italiano eran nulas. Si terrible fue el accidente, cruenta resultó su agonía. Le fue amputado el brazo derecho y el suministro de morfina no calmó los fuertes dolores que provocaron que, en sus pocos instantes de cierta lucidez, Lorenzo pidiese que lo dejaran morir. La piedad divina llegó el miércoles 10 de mayo.
Televisado en directo por primera vez, el accidente en el Gran Premio disparó todo tipo de cuestionamientos. Los principales apuntaron a los organizadores por las deficiencias en los servicios de seguridad y la demora en la atención de Bandini. También hubo críticas para Enzo Ferrari por parte del Vaticano, que lo acusó de «inmolar a sus hijos en el altar de la velocidad». Y tampoco faltaron los que señalaron un error de Bandini, a quienes muchos vieron haciendo gestos de agotamiento. Una situación que fue tomada en cuenta para, al año siguiente, reducir la distancia del Gran Premio de 100 a 80 vueltas.
Con este sacrificio, Lorenzo Bandini se convirtió, hasta ahora, y ojalá por siempre, en la única víctima fatal en un Gran Premio de Mónaco mundialista. Quince años atrás, otro destacado piloto de Fórmula 1 de la época, el italiano Luigi Fagioli había dejado su vida en las calles del Principado al chocar con su Lancia en la salida del túnel durante la carrera de Sport que reemplazó al Gran Premio de Fórmula 1.
Años más tarde, en carreras por el Mundial, Alberto Ascari (1955) y Paul Hawkins (1965) se salvaron milagrosamente tras despistarse y caer al mar. Tuvieron suerte porque, como decía Bandini «no les había llegado el momento». Ese momento que a Bandini le llegó un día de mayo de 1967. El día en que, en Mónaco, la muerte tapó el glamour.





