Hay dos sueños que todo piloto que llega a la máxima categoría anida en algún lugar de su ser: ganar un Gran Premio y defender los colores de Ferrari. El elixir que representa beberse el champagne por haber llegado antes que el resto y subirse a un coche de la marca más emblemática del mundo de la competición, puede no tener paragón con otras situaciones a vivirse a futuro. Pero, ¿y si además ese primer y esperado éxito se produce sobre una máquina del mítico Cavallino? No puede haber momento más sublime, seguramente. En ese instante -qué duda cabe- tiene obligatoriamente que comenzar allí un largo y productivo sendero de rosas. Ahora bien, ¿esto realmente ha sido siempre así?
De los muchos competidores que ganaron con Ferrari, 21 de ellos (entre los que se cuenta nuestro querido y recordado José Froilán González) obtuvieron esa deseada primera victoria de sus campañas justamente con una “Rossa”. Sin embargo, lo que en el momento se preveía como el principio de la gloria eterna, para seis de los mencionados, la esperanza de grandeza floreció y feneció el mismo día. Porque no sólo que no volvieron a ganar con Ferrari, sino que no volvieron a hacerlo con ninguna otra escudería en la máxima categoría. Los casos se dieron bajo diferentes circunstancias, pero sus nombres quedaron grabados a fuego en la historia como para hacerle entender al resto lo complicada que ha sido siempre la F1 y que imponerse “vestido de rojo” no asegura un porvenir venturoso.
La lista la inauguró Piero Taruffi en Suiza ’52 y luego se sucedieron los triunfos (únicos, claro) de Luigi Musso (en Argentina ’56, compartiendo la conducción con Juan Manuel Fangio), Giancarlo Baghetti (en Francia ’61), Lorenzo Bandini (en Austria ’64), Ludovico Scarfiotti (en Italia ’66), y muchos años después, Jean Alesi, cuando su éxito en Canadá ’95 le auguraba una serie próspera y muchos ya lo veían campeón del mundo. Más adelante, como en las últimas temporadas aconteció con Carlos Sainz o Charles Leclerc, Ferrari siguió contratando pilotos que no eran vencedores en el gran circo, pero que una vez subidos a un auto de Módena supieron imponerse y ganar más de una vez. Lo que aquí recordamos hoy sólo deja en claro que nadie tiene el éxito asegurado ni la gloria comprada, aunque bendecidos por algún designio, sus primeros laureles hayan llegado de la mano de la factoría más grande del planeta.





