Inquietos como lo son, los pilotos de la magnánima categoría del “motorsport” siempre necesitan estar asociados al vértigo del modo que sea. Piloteando motos de velocidad, haciendo jet sky, aladeltismo o por qué no conduciendo aviones ultralivianos, hasta inmiscuirse en otras disciplinas que implican bastante menor riesgo como el polo, el fútbol americano o el hockey sobre hielo. La mayoría de las veces, lo hacen como una alternativa para cubrir la cuota de adrenalina ausente cuando están lejos del coche de carreras, pero en algunos casos puntuales, lo realizan buscando en ellas la misma exigencia y calidad que cuando les toca situarse en el cockpit para salir a luchar contra el cronómetro.
Hubo pilotos de Fórmula 1 que fueron más allá en sus ambiciones deportivas al margen del automovilismo. Entre ellos se cuentan nada menos que el escocés Jackie Stewart, quien posteriormente sería tres veces campeón mundial, y el argentino Roberto “Bitito” Mieres, un “bon vivant” de una época dorada en la que muchos desechaban el profesionalismo para abarcar varios horizontes. Ambos eran tan buenos en su hobby alternativo que resultaron seleccionados a nivel nacional y coincidieron en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960, a través de dos disciplinas bien disímiles entre sí. Mientras el británico se mostró como un eficaz cultor de tiro al plato, su colega integró la escuadra de yachting de la nación albiceleste.
Para entonces, Jackie tenía 20 años y su manejo del rifle era tan certero como su precisión para empuñar un volante a alta velocidad, a tal punto que, aunque ya había dejado atrás su adolescencia, aún no tenía del todo claro a cuál de los dos deportes le dedicaría su tiempo porque en su nación empezaba a ser una figura destacada en ambos. Muy probablemente, haya decidido inclinarse por el automovilismo cuando al realizar el corte clasificatorio para la ronda final de tiro, quedó en el tercer lugar en su eliminatoria y eso no le permitió sumarse al grupo que pelearía por una medalla. Mieres, ya mucho más maduro al momento de intervenir en aquellos JJ.OO., buscó a sus 35 años desafiar a las aguas en la categoría Star y logró el 19° puesto general, que en su palmarés sólo fue un mojón más, ya que su facilidad para desenvolverse en cualquier disciplina, junto a su buen pasar económico, lo llevó a participar en numerosas reuniones de otras especialidades, aunque con menor suceso.
También la historia registra el caso de pilotos de Fórmula 1 que intervinieron en los menos difundidos Juegos Olímpicos de Invierno, tales los casos de Divina Galica, capitana de la escuadra británica de esquí alpino y slalom en 1964, 1968 y 1972, o del Marqués Alfonso De Portago, Bob Said y Robbin Widdows, integrantes de diversos equipos de bobsled (trineo tubular de velocidad que lleva 4 tripulantes), deporte en el que el primero de ellos logró un meritorio 4° puesto en la justa de 1956. Como corolario de estas presencias “extra-automovilísticas”, recordemos que, culminada su experiencia activa, Stewart nunca olvidó aquella magia que lo invadió cuando le tocó ser “olímpico” y, por ello, una vez retirado y dedicado a ser comentarista televisivo de carreras de Fórmula 1, también fue el locutor principal de los Juegos de Montreal, en 1976.





