En esta Fórmula 1, invadida por las discusiones y polémicas del nuevo reglamento y la dependencia de la recarga de energía, es posible que pocos, especialmente, los jóvenes que en los últimos años se acercaron a la categoría, recuerden a Jim Clark en el 58° aniversario de su muerte en Hockenheim en una carrera de F2.
Seguramente este escocés, nacido en Kilmany el 4 de marzo de 1936, estaría del lado de Max Verstappen en su enojo contra este reglamento que obliga a levantar para recuperar energía. Es que Clark era un piloto de ir al frente, con determinación y sin especulaciones, pero sin locuras, ni maniobras por encima de los límites.
Así construyó triunfos en todas las categorías (fórmula promocionales, la estadounidense USAC,la IndyCar de ahora), con las 500 Millas de Indianápolis, Copa Tasmania, Turismo, NASCAR, y, por supuesto, en la Fórmula 1, tanto en carrera mundialistas como las sin puntaje, tan frecuentes en las décadas del 60.
Dentro del Campeonato Mundial, Clark ganó 25 Grandes Premios y logró los títulos 1963 y 1965. Números que no parecen altamente significativos, comparados con los de los actuales campeones, pero que recuperan su verdadero valor recordando que sólo largó 72 Grandes Premios y participó en poco más de 8 temporada, que mayoritariamente no superaron las 10 fechas. En porcentajes, el parámetro más real para medir rendimientos, Clark sólo es superado por otro de los grandes de la F1: Juan Manuel Fangio.
Tan brillantes pergaminos hacen, más allá que nos limitemos a las carreras del Mundial, que no resulte sencillo extraer las mejores actuaciones. Esto es lo que hicieron los colegas Autosport.
En ese repaso, una de las carreras rescatadas aparece entre las más trascendentes: el recordado Gran Premio de Italia 1967. En el veloz Monza, sobre el Lotus 49, Clark apuntaba a otra de sus victorias hasta que en la vuelta 13, la pinchadura de un neumático le hizo perder una vuelta. Increíblemente, Clark ¡recuperó esa vuelta! y, con un contundente ritmo, alcanzó al grupo de punta integrado por Graham Hill, Jack Brabham y Dan Gurney. Los retrasos de este trío le dejaron abierta la puerta a Clark para un sensacional triunfo que se diluyó en el giro final, por un problema en la bomba de combustible que lo hizo llegar, con lo justo, en el tercer lugar. La ovación que bajó de las tribunas fue el premio a su impresionante tarea y, al mismo tiempo, y sin imaginarlo, una despedida para la última carrera que corrió en Europa . Paradójicamente Clark no valoró tanto esta actuación. «Mi auto era muy superior al resto», reconoció.
Más conforme dejó a Clark el triunfo logrado en el Gran Premio de Bélgica 1963. Tras un duelo inicial con Hill y McLaren, al promediar la carrera el escocés se encontró sin la marcha alta en el Lotus 25. Esta limitación, al enfrentar algunas curvas veloces como la Masta, lo obligaba a una particular forma de conducción que el propio Jim contaba así: «Al acercarme a la curva sujetaba la palanca de cambios con la mano derecha y bajaba la izquierda a la parte inferior del volante. Así manteniendo la mano baja en el volante podía manejarlo y corregir los derrape». Increíble; tan increíble como que todo esto ocurría bajo una terrible tormenta, con relámpagos y una visibilidad tan escasa que motivó varios accidentes. Tan dramáticas eran las condiciones climáticas que el propio Colin Chapman, jefe deportivo de Clark, pidió la interrupción de la carrera. No tuvo éxito y finalmente descargó la tensión acumulada cuando Jim recibió triunfal la bandera de a cuadro. No fue una más de las cuatro victorias logradas por Clark en Spa. Para muchos, fue la mejor actuación de un piloto en la historia de los Grandes Premios. ¿Qué otra cosa puede decirse de un Gran Premio ganado en un circuito tan difícil y peligroso como Spa, bajo un diluvio y, encima, manejando en muchos sectores con una sola mano?.
Igual ésta de Spa no fue la que más dejó conforme a Jim. Sin haber ganado ni siquiera subido al podio, este privilegio se lo lleva el Gran Premio de Alemania 1962, disputado en el extenso y riesgoso Nurburgring.
Tercero en la grilla, un problema en la bomba de combustible de su Lotus 25 lo relegó al último lugar en la largada. Recuperado, incluso anímicamente, del error, pasó a diez autos en la vuelta inicial, que por entonces demandaba aproximadamente nueve minutos.
«Adelanté unos 10 autos en la primera vuelta y llegué después de algunos giros más de los 15 totales hasta el cuarto lugar. Tenía a la vista a los líderes (Hill,Surtees,Gurney) hasta que un derrape importante me hizo dar cuenta que estaba yendo demasiado cerca del límite y que tenía que conformarme con la cuarta posición», recordaba Clark sobre la forma en que se adaptó a la situación y se quedó con el consuelo de esa vuelta inicial con la decena de sobrepasos.
«Pese a que no ganó y ni siquiera subió al podio, esa carrera fue para Jim la mejor de todas, porque según me explicaba manejó al máximo desde el principio hasta el fin y en un circuito tan largo y exigente como Nurburgring», contaba Gerard Crombac, un periodista muy cercano a Clark.
Sin dudas, Jim Clark era un distinto.





