Cita tradicional en estos años, el Gran Premio de Japón era una convocatoria lejana en las dos décadas iniciales del Campeonato Mundial de Fórmula 1. A partir de la expansión y mayor integración impulsada por Bernie Ecclestone en los 70, comenzó a ganar espacio la idea de la puerta del mercado asiático.
Por la presencia de importantes marcas como Toyota y Honda, más algunos pocos pilotos de esa nacionalidad y los antecedentes de carreras de Fórmula 2 Japonesa con pilotos europeos, Japón fue la elegida. Así, el 24 octubre de 1976, la primera edición del Gran Premio de Japón inauguró las visitas del Mundial a Oriente. Luego de varios años, y al amparo de economías florecientes, le siguieron Malasia (1999), China (2004) y Singapur (2008). Previamente, esa fiebre oriental había tenido otra demostración con una segunda carrera en territorio nipón: el Gran Premio del Pacífico, en el circuito de Aida. Duró poco, porque sólo se corrió en 1994 y 1995.
No pudo ser mejor la trascendencia del primer Gran Premio japonés. A casi medio siglo de su realización, todavía se la recuerda por distintos y particulares hechos a esa carrera disputada en el circuito de Fuji, cercano al monte de dicho nombre y zona de frecuentes lluvias. Precisamente, la lluvia resultó el factor desencadenante de los hechos relevantes: por la demora de varias horas que tuvo el inicio, el complicado desarrollo con una pista casi inundada y con escasa visibilidad, la dramática definición del título en favor de un desorientado James Hunt, que bajó de su McLaren insultando a su equipo, creyendo que, por una mala indicación, había perdido el campeonato. No fue así.
Aquel día, hubo otra situación cuyo recuerdo, por lo inusual, resiste el paso del tiempo. Fue el abandono voluntario de Niki Lauda antes de cumplirse la primera vuelta. “Con estas condiciones de pista no se puede correr”, le dijo a su ingeniero, sorprendido como muchos, porque con ese abandono le simplificaba el camino al título a Hunt.
El repaso del historial encuentra otros dos hitos que todavía son motivos de comentarios: los choques entre Ayrton Senna y Alain Prost en 1989 y 1990. Por entonces, la carrera se había trasladado a Suzuka, un trazado emplazado dentro de un parque de diversiones y caracterizado por la imagen de la Montaña Rusa.
Eran tiempos en los que, como ocurrió hasta hace poco, por su retrasada ubicación en el calendario, el Gran Premio de Japón decidía muchos campeonatos. En aquel 1989, Prost llegó con la chance de ser campeón anticipado. Una de las combinaciones que le servían era el abandono de los dos McLaren. A eso apuntó cuando, en lucha por la punta, le cerró el camino al brasileño en una curva cerrada. Le salió bien, aunque tuvo que esperar, porque Senna se recuperó y ganó la carrera, pero fue descalificado por no volver a pista por el camino correcto. Esto le dio a Alessandro Nannini (Benetton) su único triunfo en la Máxima.
Calculador y vengativo, como también lo era, Ayrton esperó un año para tomarse la venganza que necesitaba su alto orgullo. Un año pleno de tensiones y que, como era de esperar, produjo el alejamiento de Prost a Ferrari. Pese a un amago de dejar la Fórmula 1, Ayrton se mantuvo en McLaren. Esta vez, a la cita japonesa de 1990 llegó el brasileño con las mayores ventajas, ya que un abandono de los dos lo consagraba campeón. Por eso, no dudó y, apenas largada la carrera, su McLaren se lanzó sin pudores sobre la Ferrari y la impactó. Los dos quedaron afuera y Ayrton, con su segunda corona. Ya estaban a mano.
La lluvia es otra característica predominante de la carrera japonesa y es la que entrega el peor recuerdo de su historial. Nos retrotrae a 2014, con el choque de Jules Bianchi contra un camión de bomberos estacionado al costado de la pista, en momentos que la carrera estaba neutralizada por la lluvia. La agonía del francés duró hasta el 17 de julio del 2015. Por ahora es la última víctima mortal del Mundial. Ojalá lo sea por siempre.